Guía para conocer Madeira

Que ver en madeira

Auténtico vergel en medio del Atlántico, esta isla de origen volcánico es una fortaleza protegida por broncos acantilados que se alzan a 700 km de la costa marroquí y a más de 900 de Lisboa.

Cuando llegaron los primeros navegantes portugueses, hacia 1418, una auténtica selva cubría por completo la isla principal, razón por la cual la bautizaron como Ilha da Madeira, Isla de la Madera. Este frondoso paisaje quedó sentenciado en el mismo momento en que los colonizadores comprobaron las bondades agrícolas del suelo y del clima. Así, los bosques de laurel fueron desapareciendo para dar paso a las plantaciones de caña de azúcar primero y de viñedos después. El comercio de estos productos convirtió el archipiélago en una escala obligada para los barcos que iban y venían de Oriente, Asia o América; un tráfico que fue dejando en tierra todo tipo de plantas y árboles exóticos, hasta convertir Madeira en una explosión de naturaleza donde la vieja Europa se reencuentra con el trópico.

El colorido y el perfume vegetal no oculta, sin embargo, que Madeira es una colosal formación volcánica sumergida que emerge sobre las olas hasta alcanzar su punto más elevado en el Pico Ruivo, de 1862 m. Una cadena montañosa coronada por nubes y brumas persistentes se extiende de este a oeste y forma la espina dorsal de Madeira. Desde ella se proyectan hacia el mar numerosas gargantas. La mayoría de los barrancos se cortan de forma abrupta al llegar al océano, dando lugar a los elevados acantilados que otorgan a la isla su aspecto de reducto amurallado.

En la costa sur se emplaza Funchal, la capital insular. Tiene la forma de un gran anfiteatro que desciende por la ladera de la montaña y desemboca en una amplia bahía con un paseo marítimo que cobra vida a última hora de la tarde. Antes de sucumbir a la tentación de montar en el teleférico para ver la ciudad a vuelo de pájaro, hay algunas citas obligadas a ras de mar. Primero se impone un paseo por las estrechas calles adoquinadas de la Zona Velha. Tras los murales de artistas locales que colorean los portales se esconden excelentes restaurantes de pescado y marisco. También se ven coquetas galerías de arte y pequeñas tabernas donde descubrir los secretos de la poncha, una poción nacida en momentos de escasez de vino y exceso de aguardiente de caña, a la que se añade miel y zumo de fruta, y que por las noches corre como el agua en las terrazas del barrio.

En el entorno de la señorial Avenida Arriaga destacan la Catedral o Sé, una emblemática obra del período manuelino (siglo xv) que alberga magníficos detalles góticos en su interior; y una de las bodegas con más solera de la isla, Blandy, ubicada en el antiguo convento de San Francisco, un buen lugar para conocer los secretos de los afamados vinos de Madeira. Antes o después habría que pasear entre los puestos de flores, frutas y pescados del Mercado dos Lavradores, un arrebato de colores, aromas y sabores.

Al caer la tarde, no hay que perderse la ceremonia del té en la terraza del Hotel Reid’s Palace. Desde lo alto de un acantilado este hotel de 1891 ha visto pasear por sus salones a los huéspedes más ilustres de la aristocracia y la cultura europea y norteamericana.

Subimos en teleférico al barrio de Monte, un edén a 550 m sobre el nivel del mar, con bellísimos parques y jardines tropicales. Aquí se emplazan el Botánico de Madeira, donde crecen plantas de todos los continentes; el Jardín Tropical del Monte Palace, salpicado de esculturas, pagodas, bellos azulejos y un interesante museo con esculturas y minerales de África y Asia; el Parque Municipal do Monte y la Quinta Jardins do Imperador, bautizada en honor de uno de sus huéspedes, el emperador Carlos I de Austria. La bajada de Monte debe hacerse en los populares carros de cestos que conducen los carreiros: un descenso vertiginoso de 2 km por calles empinadas y curvas escurridizas.

Nada más salir de Funchal se comprueba que los túneles, viaductos y puentes de las vías rápidas que surcan la isla han horadado las montañas como un queso gruyer. Esto permite recorrer en poco más de una hora toda su extensión, 57 km de largo y 22 de ancho. Estas autovías de velocidad europea conviven hoy con las antiguas carreteras que zigzaguean entre acantilados, trepan por laderas imposibles y se asoman a terrazas de vértigo. Si se dispone de tiempo vale la pena seguirlas, se tarda más pero se descubren paisajes sorprendentes.

Por una carretera o por otra, cerca de Funchal surgen encantadores pueblos de pescadores, como Câmara de Lobos. Este pequeño puerto pesquero se ha convertido hoy en una especie de barrio de ocio de la capital, ideal para probar especialidades gastronómicas de la isla, como el pez espada con plátano; las lapas, un marisco típico de Madeira; o la espetada, trozos de carne de ternera asados en brochetas de ramas de laurel.

El paisaje insular surge en toda su magnitud al dejar atrás Câmara de Lobos: montañas escarpadas, terrazas de cultivos y un extenso manto vegetal coloreado por flores tropicales. Para descubrirlo nada mejor que subir a Cabo Girão, el acantilado más alto de Madeira, con un mirador sobre una plataforma de cristal suspendida a 580 m sobre el mar. Muy cerca, por la accidentada costa sur de Madeira, se accede a la Faja dos Padres, un pequeño paraíso de viñedos y frutas tropicales cultivado durante años por monjes (padres) jesuitas. El enclave se apretuja en una estrecha franja de costa situada entre los acantilados y el mar, a la que se llega únicamente en teleférico.

El centro de Madeira es la zona que ha permanecido más impasible al paso del tiempo, con retorcidas carreteras que atraviesan la cadena de montañas que marca la frontera entre el norte y el sur de la isla. Aquí se esconden algunos de los últimos reductos de bosques de laurisilva que quedan en Europa, restos del primitivo bosque húmedo que antes de la colonización cubría prácticamente toda la isla, y que en 1999 fueron declarados Patrimonio Natural por la Unesco. Una buena opción para descubrir el corazón montañoso de Madeira es caminar a lo largo de sus acequias

Las levadas o acequias fueron construidas a partir del siglo xvi para transportar el agua desde la vertiente norte de la isla, regada por abundantes lluvias, hasta las explotaciones agrícolas del sur, de clima más seco. Los márgenes de tierra que corren paralelos a las levadas, que servían para tareas de mantenimiento, fueron convertidos en senderos para caminantes y recorren magníficos escenarios naturales con la única compañía del murmullo del agua que nos guía en todo momento. Hoy día existen miles de kilómetros señalizados como «levada» o «vereda». Destacan la Levada de la Caldera Verde, que ofrece una vertiginosa visión del interior de la isla, la Vereda de Ponta de São Lourenço, que explora la larga península del extremo oriental de la isla, o la Levada das 25 Fontes, que recorre una mancha de bosque de laurisilva y acaba en una bonita cascada.

La costa norte de Madeira también es una larga línea de altos acantilados, solo que salpicada de islotes y cascadas que se desploman al mar. Si bien existen vías rápidas para superar la barrera de montaña y llegar al norte, una buena opción consiste en cruzar por el puerto de Boca da Encumeada (1007 m), provisto de un mirador que domina las costas norte y sur de la isla, así como las crestas del macizo central. La carretera desemboca en la población de São Vicente, donde se pueden visitar las grutas del Centro de Vulcanismo, un instructivo viaje a los orígenes de la Tierra y a la formación del archipiélago de Madeira.

La mayor parte de este litoral está punteado por pequeños pueblos, como Santana, uno de los pocos lugares de la isla en que perduran los típicos palheiros, casitas triangulares de vivos colores y techos de paja. Una de las mejores panorámicas se obtiene desde el mirador de Rocha do Navio, a las afueras de Santana, que también da acceso a la reserva natural del mismo nombre. Esta área protegida es el núcleo de la Reserva de la Biosfera que la Unesco declaró en la zona de Santana para preservar su flora y fauna –con numerosos endemismos–, los ecosistemas marinos y costeros, y sus bosques de laurisilva; todo ello convive en armonía con la tradición agrícola. Lo más parecido a una playa en la isla de Madeira se encuentra aquí, en las zonas balnearias de Seixal y de Porto Moniz, célebre por sus piscinas naturales de piedra volcánica que se adentran en el mar.

Porto Santo se sitúa casi 50 km al nordeste de Madeira, y se accede desde esta en avión o trasbordador, con horarios que permiten ir y regresar el mismo día. La isla acoge la Casa Museo de Cristóbal Colón, donde se asegura que entre 1480 y 1481 residió el navegante, casado con una hija del gobernador de Porto Santo. También hay un campo de golf que se extiende por las dunas y rocas de basalto, así como excelentes miradores, como el de Portela, situado junto a un grupo de molinos de viento restaurados que, aupados sobre una base de piedra, parecen otear el horizonte. Sin embargo, la verdadera estrella de Porto Santo es su playa de arena dorada y 9 km de longitud. Es la única del archipiélago y el gran paseo marítimo que los isleños recorren al atardecer.

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