Terapias alternativas en psicología y medicina

Imaginemos a un investigador científico (o alternativo, por el momento no importa esto) que dice haber descubierto un remedio efectivo contra la depresión. Puede ser una pastilla, unas hierbas muy naturales en formato de infusión, o una psicoterapia, cualquiera de ellas nos vale como ejemplo.

Aplica su remedio a un grupo de voluntarios que han sido diagnosticados de depresión en el mes de enero. En septiembre, tras unos meses de tratamiento, observa una disminución significativa en los índices de depresión en su grupo de voluntarios.

Todos los voluntarios estarán convencidos de que el remedio ha funcionado (lo estaríamos también usted y yo, seguro, si nos encontráramos bien después de haber seguido como ellos el tratamiento).

Pero ya que en esta ocasión podemos verlo desde fuera y en frio y con un poco de perspectiva, ¿no se nos pueden ocurrir muchas razones alternativas por las cuales ese grupo de voluntarios podría haber disminuido su depresión en esos meses; razones, por cierto, que no tienen mucho que ver con la pastilla o con la psicoterapia en cuestión? ¿Y si el hecho de que haya mejorado el clima y hayan salido más a la calle en verano los anima y hace que se encuentren  mejor ahora? ¿Y qué podríamos decir del mayor número de horas de sol, las fiestas del verano, o la mejoría de la crisis económica que cuando iniciamos la terapia estaba tocando fondo y que cuando finalizamos está ya casi superada (toquemos madera)? ¿No podrían estas o similares causas estar produciendo la mejoría observada, incluso aunque los pacientes estén convencidísimos de que es el tratamiento seguido lo que ha hecho que se encuentren mejor?

¿Cómo podríamos todos nosotros, y ellos, llegar a estar seguros de que la mejoría la ha producido  la terapia y no otra cosa? Necesitaremos para ello una condición de control, otro grupo de voluntarios idéntico al primero (de la misma edad, sexo, nivel cultural, características de salud, nivel de depresión, etc.), al que aplicaremos otro tratamiento. Podría ser el tratamiento habitual para esa enfermedad, si queremos demostrar que el nuestro es mejor, o podría ser un placebo (un tratamiento falso, inocuo), si no existe ningún buen tratamiento y nos conformamos con mostrar que nuestro tratamiento es mejor que el placebo.

Dependiendo de cómo sea la terapia que queremos poner a prueba y que aplicaremos a nuestros sujetos experimentales (un medicamento, unas hierbas o una psicoterapia), el placebo podría consistir en una pastilla de sacarina, unas hierbas inocuas, o una pseudo-psicoterapia consistente por ejemplo en charlar y desahogarse con una persona cariñosa y amable que no esté aplicando ninguna técnica terapéutica concreta; únicamente haría lo mismo que podría haber hecho nuestra abuela o los antiguos curas de pueblo. Darnos cariño y mucho ánimo.

Si al finalizar la investigación allá por el mes de septiembre resulta que el grupo que ha recibido el tratamiento que queremos validar (sea hierba o pastilla o psicoterapia) muestra una mejora estadísticamente significativa con respecto al grupo que recibió el placebo, podremos concluir que efectivamente tenemos un nuevo tratamiento que ha demostrado ser mejor que el placebo, lo que nos permite ir diferenciando aquellas terapias que funcionan de aquellas que no lo hacen. Si además demuestra ser mejor que el tratamiento habitual, o al menos igual de bueno que el tratamiento estándar, y con menos efectos secundarios, mejor que mejor.

Pero si nuestro remedio (pastilla o hierba o psicoterapia) no logra demostrar que es mejor que el placebo, deberemos conformarnos con llamarlo “alternativo”, es decir, medicina o terapia no efectiva, porque eso, y no otra cosa, es lo que significa la palabra alternativa (es una alternativa a la medicina o a la psicoterapia que sí funciona; es la que no ha logrado demostrar su eficacia). Esto tiene que conocerse. No es una cuestión trivial ni terminológica. La gente cada vez recurre más a las terapias alternativas y sólo hay un motivo para ello: no sabe que una terapia alternativa es una terapia que no ha demostrado ser eficaz. Cuando alguien dice que prefiere una terapia alternativa lo que está diciendo realmente es que prefiere prescindir de las terapias que se ha comprobado que funcionan. No tiene ningún sentido.

Y tampoco vale eso de “aún no se ha demostrado que funciona pero algún día se sabrá” . Eso es como decir, que ante una terapia que sé que funciona y otra que no funciona, me quedo con la que no funciona porque los que la venden me están prometiendo que un día funcionará. Eso es dejarse engañar.

La medicina no es perfecta, y la psicología tampoco. Hay muchos efectos secundarios y hay muchas dolencias que no se curan. Pero cuando alguien piensa que necesita un medicamento o una psicoterapia y sin embargo se decanta por la versión alternativa, es decir, por la que nadie ha demostrado que funcione, esto solo puede deberse al engaño o a la falta de información.

Las asociaciones de psicólogos, de médicos, de farmacéuticos, deberían promover un cambio en este sentido, y aunque la ley permita vender humo, no deberían ser tan tolerantes con tantas prácticas no avaladas por la evidencia. Por su credibilidad y por su futuro. Y por todos nosotros.

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Fuente: helenamatute

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