Costa de Cádiz

Cádiz

Dicen de la costa gaditana que, junto con sus reservas naturales y las dehesas del interior, compone un paisaje tan bello que duelen los ojos al contemplarlo, como cuando se abren a la luz.

A pesar de una turbulenta historia de desencuentros, árabes y cristianos dejaron en Andalucía un rico patrimonio cultural, entreverado en sus costumbres. Pero, además, la naturaleza dotó a la provincia de Cádiz con el extraordinario humedal de Doñana. La mayor reserva ecológica de Europa fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1994 y es un privilegiado refugio de aves todo del año. También viven en ella especies amenazadas como las tortugas o el lince ibérico, el avistamiento del cual resulta cada vez más frecuente gracias al trabajo del Centro de Cría El Acebuche.

Entre el Parque Nacional y el entorno natural del parque se alcanzan las 70.000 hectáreas, tamaño suficiente como para que Cádiz lo comparta con Huelva. La parte gaditana es la sur, donde destaca una de las pocas extensiones de dunas de la península.

El barco que remonta el Guadalquivir zarpa a primera hora de la mañana desde la antigua fábrica de hielo de Sanlúcar de Barrameda, donde se halla el centro de visitantes del parque. Mi trayecto incluye el desembarco en la zona conocida como La Plancha, donde se explica la forma de vida ancestral de los lugareños antes de constituirse el parque. Muy cerca, el observatorio de Llanos de Velázquez imita las chozas típicas de la región y permite observar un espacio virgen por donde campan ciervos, gamos, jabalíes y, con suerte, el lince ibérico.

De regreso, y entre nubes de flamencos y patos cuchara, el capitán se extiende sobre lo que comportaría el dragado del río, cambiando el diálogo entre su corriente y las mareas y afectando los fondos donde desova la corvina o el langostino. Ambas delicias ya difunden su aroma en la parrilla a medida que me acerco al barrio de Bajo de Guía, el más cercano de Sanlúcar a la desembocadura. De aquí partió Colón en su tercer viaje en 1498; si hubiera viajado tres siglos más tarde seguro que habría llevado una provisión de manzanilla, variante del fino muy aromática.

Las calles encaladas de Sanlúcar invitan a perderse en busca de bodegas como la de Barbadillo, donde se halla el Museo de la Manzanilla. Huele a destilado, pero también a salmuera, ya que la ciudad fue sede de la Flota de Indias entre los siglos xvi y xvii. El lucrativo comercio entre España y las colonias pasaba por aquí, y son buen reflejo de ello los palacios renacentistas de Medina Sidonia y de Orleans- Borbón, hoy sede del Ayuntamiento. Los duques de Medina Sidonia no solo fueron magnates del reino de Sevilla durante la Reconquista, sino que provenían del linaje de Guzmán el Bueno, personaje que reencontraremos en Tarifa. Doñana era su coto privado de caza.

Los guisos de cuchara gaditanos gozan de justa fama: garbanzos, judiones, habas, guisantes… todos se dan cita en el plato con el pulpo, el rabo de ternera o las galeras para componer una sinfonía de cuchareo y pan para mojar. Pero ni la hora ni el clima me inspiran a consumir algo más contundente que una tortillita de camarones antes de seguir rumbo al Puerto de Santa María, que junto con Sanlúcar y Jerez forma el llamado Triángulo del Vino.

En quince minutos se llega al palacio de Osborne, que además de espléndidos jardines guarda en su bodega los vinos de Jerez del zar Nicolás II. Otro rincón está dedicado al toro de la etiqueta, con anuncios firmados por Salvador Dalí. El pintor y el poeta Rafael Alberti se conocieron en Madrid, pero no hay noticia de que visitaran juntos El Puerto de Santa María, población natal del autor de Marinero en Tierra.

La casa familiar de los Alberti en El Puerto Santa María acoge hoy un pequeño museo dedicado al poeta. Sobre los tejados se alza el omnipresente castillo de San Marcos, construido por Alfonso X. La piedra se convierte en arena en el parque de los Toruños, que propone seis tentadores kilómetros de costa salvaje, abierta a la bahía de Cádiz, ideal para recorrer en bicicleta y darse un chapuzón. Las dunas dan cobijo a los charranes, aves marinas que partirán al llegar el invierno. Enfrente, la ciudad de Cádiz parece una isla en medio del mar.

Un cielo diamantino ilumina Cádiz desde su fundación por los fenicios, hace tres mil años. La gloria le llegó en el siglo xviii, cuando se trasladó el monopolio del comercio con América desde Sevilla. Fue entonces cuando se construyó la Catedral Nueva, donde está enterrado el compositor Manuel de Falla. Alrededor del templo, que parece poseído por una luz interior bajo el sol del mediodía, una serie de edificios coloniales trasladan la imaginación al Caribe. Esta imagen tropical se acentúa al caminar hacia el frente marítimo y sus casas coloridas, o al pasear entre los ficus centenarios de la Alameda de Apodaca, un parque que engaña con su nombre.

De las 134 torres que hay en la ciudad, la de Tavira ofrece dos tipos de panorámicas: la de su cámara oscura, donde un juego de espejos ofrece pura ciencia fotográfica a gran escala; y la de su azotea, que con 45 m de alto era el principal vigía del puerto en el siglo xviii. Y antes de partir hay que visitar dos oratorios, el de la Santa Cueva, cuya capilla está decorada con lienzos de Goya, y el de San Felipe Neri, donde se reunieron las Cortes de Cádiz para aprobar la Constitución de 1812, llamada la Pepa por ser promulgada el día de San José.

Antes de proseguir por la costa, tomo un desvío hacia el interior con la intención de completar el Triángulo del Vino con un hito imprescindible: Jerez de la Frontera. Su casco antiguo es peatonal y resiste el asedio de las muchas bodegas que lo rodean, algunas reconvertidas en hoteles de lujo o restaurantes con encanto, donde las tapas de primera y los finos más rotundos se maridan en armonía.

En Jerez de la Frontera, a poco más de 30 km de Cádiz, el sol cambia los resplandores del mar agitado por el de los racimos que maduran en la parra. No en vano esta es la cuna de un vino que al traspasar las fronteras se denomina sherry y sigue conservando el prestigio que tenía en la Inglaterra victoriana. Se impone visitar alguno de esos templos que huelen a sabia humedad y a barrica de roble para conocer los secretos de su elaboración y crianza.

A primera hora de la tarde el cielo da tregua e invita al paseo entre plazas, fuentes y naranjos, tan abundantes en las calles de esta ciudad habitada antes de la llegada de los fenicios. El efecto relajante se completa en el Alcázar de la Alameda Vieja. De origen almohade, en el siglo xii fue la residencia de los califas sevillanos y aún pueden verse la mezquita y los baños árabes.

La superposición de elementos musulmanes y cristianos se da también en la catedral jerezana, concluida en 1778 como culminación de una colegiata que se levantó junto a la antigua Mezquita Mayor. Dentro se expone La Virgen niña dormida, de Francisco de Zurbarán, mientras los fieles oyen  misa por unos altavoces que imitan el aspecto de órganos de tubo.

El caballo es otro de los elementos característicos de Jerez, que cuenta son su propia feria en otoño, además de la Escuela Andaluza del Arte Ecuestre. Pero el nuevo día se anuncia radiante y prefiero tomar la carretera rumbo sureste por el interior de la provincia para disfrutar del paisaje de las dehesas y hacer un alto en la finca Fuente del Suero, a orillas del río Guadalete, donde se cría la mayor reserva de caballos cartujanos del mundo, descendientes de los que viajaron al Nuevo Mundo con Colón.

En Jerez, las elegantes evoluciones de los caballos tienen su réplica en las volutas barrocas de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión. Se visitan los jardines y el patio central, ya que en su interior  siguen viviendo los monjes. Fundada en 1453 por el noble jerezano Álvaro Obertos de Valeto, es Monumento Nacional.

De nuevo al volante, la dehesa deja sentir su particular microclima, en el que las brisas del Atlántico suavizan la temperatura con las blanduras, el rocío que refresca incluso en verano. Entre campos, olivos y cortijos, se llega a Medina Sidonia, situada geográficamente en el centro de la provincia. Uno de los ducados más importantes de España, ha estado en manos de la familia Guzmán desde el siglo xv, de quienes tuvimos noticia en Doñana. En la iglesia gótica de Santa María la Coronada se guarda una importante colección de arte religioso del Renacimiento.

Desde Medina Sidonia es fácil retomar la ruta del litoral dirigiéndose hacia Chiclana, para no abandonar más durante el resto del viaje la Costa de la Luz. Esta población es un buen enclave de servicios, famosa por la Fábrica Museo de Muñecas Marín, la más antigua de España.

El antiguo poblado de Sancti Petri casi se confunde con un barrio costero de Chiclana. Emplazado donde la península de Cádiz enlaza con tierra firme, Sancti Petri fue una villa de pescadores de atún, rodeada de marismas y barras de arena que hoy forman parte del Parque Natural Bahía de Cádiz. Más de 200 especies de aves acuáticas habitan junto a las cálidas arenas de La Barrosa, playa kilométrica vecina del Castillo de Sancti Petri, dedicado a Hércules. Fue precisamente el semidiós griego quien, en su décimo trabajo, separó las columnas de Gibraltar, es decir, los promontorios que flanquean el estrecho.

La carretera sigue siempre hacia el sudeste en busca de ese extremo sur de la Península Ibérica, saludando a su paso una serie de poblaciones de una ribera que se antoja salvaje por momentos, resistiendo a la presión urbanística. La primera es Conil, conocida por la playa de Los Bateles y sus artesanos alfareros. A menos de 20 km del mar, se alza Vejer de la Frontera, de los pueblos más bonitos del sur peninsular. Su caserío encalado se eleva por calles empinadas hasta un sinfín de miradores y patios saturados de flores, una estampa de fuerte sabor andalusí. Su trazado no ha cambiado desde que Fernando III se la arrebató a los musulmanes.

La siguiente etapa lleva a Barbate, centro de la costa de las almadrabas, antiguo sistema de pesca del atún. La población es la puerta al Parque Natural de la Breña y Marismas de Barbate, ecosistema marino que aúna acantilados, bosques de pinos, dunas y playas. Lo mejor es seguir la ruta de las marismas por la Rivera de la Oliva, una de las zonas húmedas más interesantes de la reserva.

Y ya cerca del final, Zahara de los Atunes aparece encajada entre el mar y la sierra, hasta hace poco frecuentada solo por surfistas y hippies. De casitas bajas y plazuelas irregulares, en la Playa de los Alemanes abundan los que buscan la mejor ola, como en Tarifa, el gran destino surfero del sur. Aquí confluyen los vientos de levante y poniente, removiendo las aguas y las dunas de Los Lances. El estrecho de Gibraltar tiene otro aliciente más: delfines de varias especies, calderones, rorcuales, cachalotes e incluso orcas acuden hasta aquí para alimentarse y, de paso, ofrecer un espectáculo único a las barcas que salen a su encuentro.

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