Guía para conocer Mallorca

viajar a mallorca

Mallorca revela su cara más íntima en invierno, cuando vuelve a la calma y el abandono que describió Santiago Rusiñol en un libro de 1905 que aún resulta moderno. Entonces Palma respira, los pueblos costeros se recogen, los campos despiertan y sonríen.

En su invierno en Mallorca, la escritora francesa George Sand, que vino acompañada de su hija y de su amante Fréderic Chopin, tomó airadas notas acerca de una isla entonces desconocida en los salones parisinos. Mientras Chopin tosía componiendo al piano, ella hilvanaba un tejido de agravios: qué gente tan atrasada, qué frío, qué soledad. El libro que escribió después desanimaba a cualquier viajero a conocer la mayor de las islas Baleares.

Viniendo de un posrevolucionario romanticismo, la Sand no supo «ver» la isla ni entender que la aristocracia local no la agasajase como se merecía ella, una baronesa de cuna. En cambio, Chopin estaba a gusto, sentía que emanaba un «hálito poético» de cualquier lugar y escribía así en una carta de los cielos de Valldemossa: «Cada día las águilas giran ahí arriba y nadie les hace el mínimo caso». Era finales de diciembre de 1838.

Agraciada por la naturaleza, diversa, sólida a pesar del riesgo que corren sus encantos, adictiva y soñolienta como un paraíso desmembrado, plural en sus gentes y singular a la vez, Mallorca sigue siendo la isla del sur europeo que todo el mundo conoce. Primero vinieron los ingleses, luego los alemanes y ahora los suecos buscan en ella un rincón soleado en invierno y regresan con los estorninos. Ya los fenicios la tuvieron como cabeza de puente de sus quehaceres. Los romanos prefirieron establecerse en el norte y al cónsul Cecilio Metelo le debió costar mucho abandonar su plácida Provenza isleña.

Después de la Sand y de Chopin llegó a la sierra de Tramuntana, la cadena montañosa cuyo pico alcanza casi 1500 m de altitud, un heredero del Imperio austrohúngaro y se enamoró del lugar, compró fincas y escribió libros sobre la isla, sus gentes, su paisaje, incluso su alma.

Pero ¿aún tiene alma Mallorca?

Su carne más preciada se trocea y se vende a pedazos, consumida por ricos propietarios que apenas dan un bocado y ya se van, dejando cerradas casas-monasterio de muchas puertas. Chopin se sorprendería al ver que aquel pueblo de águilas vive en la actualidad de los dos meses que él pasó con la baronesa en las húmedas celdas de la Cartuja. Sand encontraría una locura que desde hace décadas millones de turistas vengan a una isla convertida en un clásico del verano mediterráneo, con el permiso de Capri y de Santorini.

Sin embargo, para quien ha nacido aquí es en invierno cuando la isla despliega su verdadera naturaleza: la austera, secreta Navidad; las calmas de enero; los almendros floridos en febrero; el marzo ventoso e imprevisible, de cielos transparentes. Supongamos que un mallorquín regresa tras algún tiempo desterrado de su así llamada «roqueta». En su descenso el avión peina los picos de la sierra, deja ver la mancha ocre de pueblos como Alaró, Sineu y Llucmajor, atraviesa la llanura salpicada de franjas verdes, se mece sobre los molinos mutilados del pla de Sant Jordi. Ya en tierra conduce en dirección contraria a la ciudad, hacia levante, más allá donde la bahía de Palma se extiende en la playa fría y desierta del Arenal.

Antes de llegar al Cap Blanc, nuestro viajero se detiene en un lugar que para él reúne la esencia de la isla. Hay piedras horadadas por doquier, entre grises y de color carne, matas y algunos pinos bajos. Silba el viento y, cuando las ráfagas se detienen, un sólido silencio se establece entre el acantilado plano, una terraza sobre el gran mar, y esos montones de piedras pesadas y voluminosas con las que se construyó el poblado prehistórico de Capocorb Vell. Anchos muros truncados, cuevas, talayots sobresaliendo en lugares estratégicos –fuesen para vigías o para sacerdotes–, lagartijas… El lugar recuerda Menorca, donde los yacimientos de este tipo son innumerables. Pero poco tiene que ver con ella, pues en la lejanía se yerguen las montañas verdiazules, el Puig Major (1445 m) rodeado de niebla o tal vez blanco de nieve.

Mallorca, compleja y diversa, acoge paisajes y atmósferas dispares, incluso opuestas. Es una de esas «ínsulas extrañas» que mencionaba San Juan de la Cruz en aquel poema; rara, como ese hombre que, en lugar de ir de entrada al lugar donde nació, una calle de la ciudad vieja, en pleno call o judería, se pierde entre piedras y cielo. El contraste, la diferencia –que se trasmuta en la «indiferencia» y el disimulo del carácter mallorquín–, es lo que hace a esta isla una gema rara. Una gema que brilla en una cala casi inaccesible, en un valle recóndito de la sierra de Tramuntana, en cualquier campo de algarrobos y almendros en apariencia anodino del Pla. Incluso para quien descubrió la isla en la niñez en el portabultos de un biscúter, como nuestro viajero, la isla que parecía ya agotada y en declive continúa destilando gotas de magia.

Apenas es necesario consultar un mapa o hacer un itinerario. Mallorca es circular y radial, y las distancias son cortas entre lugares extremos para quien venga del continente, excepto en la montaña. Es mejor saltar del este al oeste o del norte al sur en invierno con la mayor libertad, gracias a las carreteras semidesiertas y sin el agobio del calor húmedo del verano.

Estamos ahora en la playa de Es Trenc, en la costa sur, de arenas codiciadas y aguas de poco fondo. Caminamos al pie de las dunas y las matas, a la sombra de los búnkeres construidos para evitar un desembarco republicano en una playa cuyo nombre significa quebradura, desgarro. Encontramos dunas, sabinas, tamarindos y anchos estanques de agua marina. La luz, multiplicada por el espejo del agua cristalizada y el blanco incomparable de las montañas de sal, resulta cegadora. Las aves, el cielo, los campos lejanos, todo tiene un aspecto petrificado. Uno se puede creer en algún lugar de Kenia justo en el instante supremo que precede al rugido del león.

Como en El Aleph de Jorge Luis Borges, y no olvidemos que la carrera literaria del argentino comenzó en esta isla, en algunos lugares de Mallorca se vive en y de otros continentes. Hay parajes que son África y otros América, como Petra. En este pueblo situado al noroeste de Manacor, en el inicio del llano que culmina en los marjales de Sa Pobla y la Albufera, nació el evangelizador de California, Junípero Serra. San Francisco, Santa Mónica, Los Ángeles y otras ciudades de la costa oeste americana fueron en su origen misiones que erigió aquel determinado fraile de Petra.

Cuando nuestro viajero visitó el viejo San Diego y la misión que habitó Fray Junípero Serra en Carmel, territorio de Clint Eastwood, se vio transportado a la Petra mallorquina. Y cuando atisbó la playa brava tras los pinos oscuros de Monterey, creyó estar en s’Algar, cerca de Portocolom. Petra alberga misteriosas calles empedradas, cellers con troncos crepitando en la chimenea donde probar un frit de matances y unas sopes mallorquines, platos invernales, así como una iglesia parroquial cuyos muros se dirían erosionados por el salitre del Pacífico.

La cornisa del oriente de Mallorca está trufada de cuevas, algunas inmensas. Convertidas en atracciones turísticas, las oníricas y sorprendentes Coves dels Hams y del Drach –consagrada esta última por Berlanga en su película El verdugo– ceden el primer puesto en espectacularidad a las Coves d’Artà. Son tan altas que el guía las compara con una catedral, viendo aquí y allá órganos, vírgenes, retablos, así como un sinfín de gárgolas de animales mitológicos.

La presencia de la cueva es algo muy isleño, pues reúne tanto el afán de protegerse de la luz y de esconderse de los demás –así hizo el increíble Ramon Llull alcanzando la iluminación en las cuevas de Randa y Miramar– como el anhelo de belleza subterránea, hasta el punto de que Miquel Barceló, emulando a Joaquim Mir, ha pintado una serie de telas inspiradas en cuevas y luego convirtió una capilla de la Seu de Palma en una cueva submarina.

Betlem, la montaña más alta de la parte oriental de la isla, parece de lejos un espejismo urbanizado. La luz es más fuerte que en la costa norte. Son diferentes etapas de manejos entre el hombre y el paisaje. Pero su encanto, pese a los adosados, es el aspecto salvaje y solitario de la costa que va  desde la Colònia de Sant Pere hasta el Cap Farrutx. Campos rojos, playas amarillas, montañas peladas de color verde mineral. Vegetación rastrera y olivos de mediana edad, si los comparamos con los centenarios de la Sierra. El mar tiene aquí el aspecto de un gran lago pues no en vano está embolsado en la bahía de Alcudia, cerrada por la lengua brumosa del Cap Pinar. Aquí venimos para ver aproximarse una tormenta o tal vez para meditar en la ermita de Betlem, desde donde se disfruta de una formidable panorámica y de un aire marino que trae el intenso perfume de los pinos.

Nuestro viajero en su propia tierra tiene algo de romano, pues los romanos fundaron dos ciudades en Mallorca. La más importante fue Pollentia, edificada mirando hacia la ciudad eterna sobre una suave ladera al sur de la actual Alcudia. Escogieron el istmo estratégico que separa las bahías de Pollença y de Alcudia, ambas protegidas de los vientos del norte por el Cap Formentor. Pollentia, que tuvo su esplendor durante el reinado de Augusto y que dio los habilidosos honderos para las legiones y púrpura para las togas, es una ciudad aún por descubrir. El teatro, que podía albergar a dos mil personas, estaba a las afueras de la ciudad entre secos campos de almendros, igual que hoy. Desde las gradas se respira la atmósfera de gravedad y respeto que infunden las ruinas romanas, acentuado en este caso por su utilización posterior como necrópolis. Un rato al atardecer en lo alto del anfiteatro revela el paso indiferente del tiempo.

Un pueblo pequeño, Biniaraix, se halla en una desviación de la carretera que lleva a Fornalutx. Sin duda los musulmanes que dominaron Mallorca varios siglos amaron esta alquería de palmeras que se eleva sobre el valle de Sóller. Deambulando por sus escasas calles vemos al otro lado un caserío emboscado: Binibassí. Aquí el viajero oye de pronto el sonido de otra época, el del amigo silencio. Parece venir del barranco que lleva a la falda del monte L’Ofre, una subida de 1932 escalones. Allan Sillitoe escribió en una de las casas de este llogaret (aldea) su conocido relato La soledad del corredor de fondo (1959).

Sóller tiene un aire propio y, al mismo tiempo, ajeno al resto de la isla. Todavía lo conserva pese al desarrollo que ha sufrido desde la apertura del túnel que dejó de mantenerlo aislado tras la cadena montañosa. Una fachada de un discípulo de Gaudí jalona su iglesia y en el Museo Modernista Can Prunera se pueden admirar obras de artistas internacionales de finales del siglo xix y principios del siglo xx, como Miró, Toulouse-Lautrec o Klee, así como una sala dedicada al pintor Juli Ramis, nacido en Sóller.En la misma calle Lluna, una pastelería vende los quartos embetumats (bizcocho relleno de yema confitada y cubierto de merengue o chocolate) más jugosos de la isla.

El Port de Sóller conectaba antes con Marsella y algunos rincones revisten una atmósfera de Costa Azul años 20. En el muelle el viajero sube a un barco que le lleva a sorprenderse de nuevo con el escarpado litoral que se proyecta como el cuerno de una cabra hasta el Cap Formentor: Cala Tuent, los verdes de la Calobra y el Torrent de Pareis. Más al norte la costa se hace alta y majestuosa; se adivinan castillos en ruinas, nidos de aquellas águilas de Chopin, cuevas de contrabandistas.

El encanto de la montaña nos envuelve al llegar al santuario de Lluc, el Montserrat mallorquín. Grises peñas arrugadas como de monjes momificados guardan el santuario, famoso por su coro infantil (blavets). Es un paraje de invierno y sin embargo nuestro mallorquín tiene recuerdos aquí de verano, cuando venía con su familia aquellas tempestuosas tardes de agosto: el olor profundo de los altos tejos, la humedad del valle entre colinas, las voces suaves de los blavets.

Y luego, al pie de la Sierra está Alfabia, mansión con una interesante biblioteca y preciosos jardines de factura inglesa. Hay en un salón una escena de cetrería prodigiosa tras un sillón tallado. Pasando por Bunyola, que en otro tiempo olía a licor de anís y a palo, se llega a Orient, un pueblo de belén navideño que algún año queda aislado por la nieve. Quizá nos atraiga el delicado perfume de la porcella rostida, lechona al horno de leña.

Y por fin la ciudad, una isla dentro de otra. Una urbe que, al contrario que otras ciudades del Mare Nostrum, pretendió durante largo tiempo vivir de espaldas al mar, quizá debido a su ensimismamiento religioso y social. En las últimas décadas Palma ha sido descubierta, ya no oculta nada, se siente cosmopolita y abierta a las gentes de África, América y Asia, que conviven en torno al barrio de Pere Garau, babel mercantil. Y a la vez sigue conteniendo un provinciano mundo inmutable que se recrea en el rumor de los patios de las viejas casas nobles, en la penumbra de sus innumerables iglesias, en la luminosidad de la bahía que la contiene con digna indiferencia.

Caminamos por la deliciosa Rambla, con sus dos estatuas romanas y los bancos belle époque, y luego por el romántico, deshojado paseo del Borne hacia el barrio portuario de Atarazanas. En la calle Apuntadores pedimos un variat, la tapa reina, que suele incluir ensaladilla, callos o frit, depende del bar. A continuación vemos la gótica y grácil Lonja, una maravilla austera, como la ciudad siempre fue, desde el faro de Porto Pi hasta las ruinas del canódromo. Austeridad que caracteriza sus patios señoriales, como el de Zavellá, con elementos barrocos. Aquí vivió Xaviera de Berg, princesa de un  estado alemán cuya capital era Dusseldorf. Hay otros patios interesantes, como el del Casal Solleric en el Borne y el del Casal Balaguer, que alberga cuadros del postimpresionista Antoni Gelabert, el mismo que irritado por la visita pontifical de Miguel de Unamuno a su barbería, gritó en plena plaza de Cort: «¡Mueran los catedráticos!».

Subiendo la calle Sant Pere llegamos al moderno museo Es Baluard, con su terraza que mira al Moll Vell. El marinero barrio de Santa Catalina ha sido tomado por los suecos y los restaurantes. La tradicional cocina mallorquina se reinventa. Espumas de sobrasada o quesos autóctonos, platos en los que la carne se mezcla con el pescado o el marisco; cremas con sabor a gambas de Sóller o a hinojo marino.

Ingeniosas variaciones con el gusto de la inimitable ensaimada y la menos conocida coca salada. En Palma han surgido hornos «arqueológicos » que ofrecen empanadas, cocas y tartas con recetas escritas en pergamino. Y los vinos isleños están en alza, sean del Pla o de Binissalem, siendo apreciados como lo fueron en el siglo i a.C. por Plinio el Viejo.

Atravesando el barrio del Terreno, llegamos al castillo de Bellver para contemplar la ciudad blanca que guarda el «gran armadillo», al decir de Borges en un célebre poema, de la catedral. La Seu, el gran templo gótico, fue el mascarón de proa de una ciudad que era una pequeña Jerusalén en los siglos xvii y xviii, cuando cerca de un tercio del casco urbano estaba en manos de la Iglesia.

Y aquí siguen los conventos, oratorios e iglesias, desde la basílica de San Francisco a la diminuta Santa Fe del barrio de la Calatrava. Nuestro viajero, tras un vistazo al estanque del Jardín del Obispo, entra en los escondidos y evocadores baños árabes y recibe de pleno la paz y el secreto invernal que emana su ciudad.

¿Te gusta este post? ¡Compártelo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *